
De Neuquén a Dinamarca: Eugenia encontró su familia mundialista en un bar y el domingo van por la final con asado incluido
RedacciónHay algo que los argentinos que viven lejos de casa saben bien: el Mundial no es solo fútbol. Es el momento en que la nostalgia aprieta más fuerte, en que el idioma se vuelve un abrazo y en que un desconocido con la misma camiseta puede convertirse en familia en cuestión de horas. Eugenia Raigada, oriunda de Neuquén, lo vivió en carne propia este Mundial. A 12.000 kilómetros de distancia, en un pueblo danés del que casi nadie en Argentina conoce el nombre, encontró su tribu.

Eugenia llegó a Haderslev hace dos años. Lo que comenzó como una búsqueda laboral en LinkedIn terminó en una propuesta para trabajar como Project Manager en una empresa que construye yates y catamaranes de lujo. El invierno escandinavo, con sus pocas horas de luz y sus vecinos que "invernan" en casa, le pesó al principio. Pero el verano la reconcilió con Dinamarca y este Mundial terminó de darle algo que todavía le faltaba: una comunidad.
Todo empezó casi por accidente. Para el primer partido de Argentina, el novio de una amiga propuso ver el encuentro en un parque de la ciudad de Kolding, con un proyector. La convocatoria fue tomando forma y cuando quisieron acordar eran un buen puñado gritando goles al aire libre. El problema llegó a mitad del primer tiempo: el parque cerró y necesitaban un lugar urgente para ver el resto del partido. Fue entonces cuando alguien mencionó el bar de Brian.
"Le dijimos: '¿te podemos caer?'. Y caímos como 20 personas y le llenamos el lugar. Estábamos todos re argentinamente locos y el dueño nos amó", relató Eugenia. Esa noche fortuita se convirtió en cábala inamovible. Desde ese primer partido, el bar de Brian es el templo oficial de la Scaloneta para ese grupo de argentinos dispersos por el sur de Dinamarca que, gracias al fútbol, encontraron los unos a los otros.
Brian, el dueño, se convirtió en parte del grupo. Se pone siempre la misma remera de Argentina para cada partido, abre el bar hasta que termina el festejo aunque eso signifique hablar con la policía a las 6 de la mañana, y no le importa. Su mejor amigo, que vivió un año de intercambio en Roca en 1997 y tiene tatuado el nombre de Neuquén en la piel, se prende en cada canto como si hubiera crecido en el Alto Valle. La mística del grupo terminó contagiando incluso a locales y turistas que se acercan al bar solo para observar a esos 20 locos que saltan y gritan.
Las cábalas se respetan con rigor militar. Un integrante del grupo llegó con una remera de River en lugar de la de la Selección y lo mandaron a su casa a cambiarse. A Eugenia le tocó su propio sacrificio: "Cuando no miro, hacen goles. Así que ya no me dejan mirar mucho el partido, me mandan al fondo". La oficina donde trabaja ya está empapelada con banderas y muñequitos de Messi, y su jefe danés sabe perfectamente que el lunes siguiente a la final es probable que no asista ningún argentino.
Para el domingo, el grupo tiene todo listo. Brian cedió una calle lateral al bar para montar una parrilla. Habrá asado argentino, como corresponde, para agasajar al danés que en este Mundial los hizo sentir como en casa. "Nosotros hacemos lo que se puede con lo que se tiene. Extrañás, obvio, pero la idea es no estar solo. Por eso nos hicimos nuestra familia chiquita improvisada", resumió Eugenia.
El domingo, Argentina juega la final del mundo. Y en un pueblo del sur de Dinamarca, 20 locos con camiseta celeste y blanca van a vivirla como si estuvieran en el Monumento al General San Martín de Neuquén. Con asado, con cábala y con Brian poniéndose la camiseta de siempre.




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